La sala de clases es uno de los entornos con mayor consumo de materiales desechables. Lápices sin repuesto, hojas de una sola cara, bolsas plásticas para la colación, envases de un solo uso que se acumulan cada día en el basurero del recreo. Muchas veces esto ocurre sin intención de daño, simplemente porque nadie ha sistematizado una forma distinta de hacer las cosas.
Las educadoras en su mayoría tienen una posición privilegiada para cambiar eso. No solo como referentes conductuales para sus estudiantes, sino como tomadores de decisiones cotidianas sobre qué materiales entran a la sala, cómo se usan y qué ocurre con ellos al final del día.
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Toggle¿Por qué el material escolar importa más allá del precio?
La decisión de compra de materiales escolares suele guiarse por dos variables: precio y disponibilidad. Son criterios válidos, especialmente en contextos de presupuesto ajustado. Pero existe una tercera dimensión que cada vez más establecimientos están incorporando: el impacto ambiental del material a lo largo de su ciclo de vida completo.
Un cuaderno fabricado con papel reciclado, un lápiz de madera con certificación FSC o una bolsa reutilizable para la colación no siempre cuestan más. Y cuando sí tienen un costo diferencial, ese costo suele recuperarse en durabilidad, menor reposición y coherencia con los proyectos educativos institucionales (PEI) que hoy incorporan ejes de sustentabilidad.
El plástico de un solo uso en el entorno escolar: un problema invisible
Si se hace el ejercicio de contar cuántas bolsas plásticas desechables entran a un establecimiento escolar en una semana —solo contando las colaciones de los estudiantes— los números sorprenden. En un curso de 35 alumnos con cinco días de clases, pueden acumularse más de 150 bolsas de un solo uso en siete días. Multiplicado por los meses del año escolar, el volumen es considerable.
El plástico convencional puede tardar entre 100 y 500 años en degradarse, y gran parte de ese residuo no llega a sistemas de reciclaje: termina en vertederos o en el entorno natural. Los microplásticos generados en ese proceso de fragmentación han sido detectados en suelos, aguas y cadenas alimentarias a nivel global, según reportes del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
Reducir el plástico de un solo uso en el contexto escolar no requiere una política institucional compleja. Puede comenzar con decisiones simples, como cambiar la bolsa de la colación.
La colación como punto de partida concreto
La hora de la colación concentra una cantidad significativa de residuos plásticos: bolsas ziploc convencionales, envolturas, pitillos. Es también uno de los hábitos más fáciles de modificar con orientación adecuada a las familias.
Una alternativa cada vez más adoptada son las bolsas herméticas compostables, que replican la funcionalidad de las bolsas plásticas tradicionales —cierre hermético, resistencia, posibilidad de refrigerar— pero con una diferencia fundamental en su composición y fin de vida útil. Incorporar esta información en una circular a apoderados, en una actividad de educación ambiental o en el reglamento de colaciones saludables del establecimiento es un paso concreto, medible y replicable.
Criterios para evaluar materiales escolares con menor huella ambiental
Más allá de la colación, existen criterios generales que los educadores y equipos directivos pueden aplicar al evaluar cualquier material escolar:
Durabilidad real: Un material que dura más genera menos residuo. No siempre el más barato es el más económico si debe reponerse con mayor frecuencia.
Composición verificable: Preferir materiales con especificación clara de sus componentes: papel reciclado con porcentaje declarado, maderas con certificación forestal, plásticos reciclados con identificación de resina.
Certificaciones reconocidas: En el caso de materiales compostables o biodegradables, exigir certificaciones concretas. Términos como «ecológico» o «verde» sin respaldo técnico pueden corresponder a greenwashing.
Posibilidad de reutilización: Carpetas, archivadores, contenedores y materiales de trabajo que puedan usarse más de un año lectivo reducen significativamente el consumo.
Origen local o regional: Materiales producidos o distribuidos localmente reducen la huella de transporte asociada, un factor que pocas veces se considera pero que tiene impacto real en las emisiones del ciclo de vida del producto.
¿Cómo integrar estos criterios sin generar carga adicional?
Una objeción frecuente es que este tipo de evaluación requiere tiempo y recursos que los equipos docentes no siempre tienen. La respuesta práctica es incorporarlo de forma progresiva, priorizando los materiales de mayor volumen de consumo y mayor facilidad de sustitución.
Un buen punto de inicio es el kit de colación (bolsa, envase, cubiertos). Luego pueden revisarse los materiales de escritura, los insumos de sala y finalmente los materiales de oficina administrativa. No es necesario cambiar todo de una vez: la consistencia en el tiempo tiene más impacto que el cambio radical inmediato.
Además, involucrar a los propios estudiantes en este proceso tiene valor pedagógico directo. Que un curso analice los materiales que usa, compare alternativas y proponga cambios es una actividad de pensamiento crítico aplicado, transversal a cualquier nivel educativo.
Instituciones que consumen, instituciones que modelan
Los establecimientos educacionales son instituciones de consumo a escala. Lo que se compra, se usa y se desecha en un colegio o escuela tiene impacto ambiental propio, pero también tiene impacto simbólico: le dice a la comunidad escolar qué se valora y qué no.
Cuando un establecimiento toma decisiones de compra con criterio ambiental, no solo reduce su huella. También educa con el ejemplo, que sigue siendo la herramienta pedagógica más poderosa disponible.Para colegios y establecimientos que quieran avanzar en esta dirección de forma sistemática, I AM NOT PLASTIC cuenta con una sección de compra mayorista orientada a instituciones, con opciones de volumen para productos compostables certificados.


